Chengdu, una ciudad en blanco y negro

Por Mauricio Percara

Un día de oficina cualquiera, a eso de las once de la mañana, mi colega Adelina Luo Huan me pide revisar su traducción de la canción Chengdu de Zhao Lei. Un par de meses después, en viaje de trabajo, vamos a Chengdu y visitamos la taberna que se encuentra al final del camino Yulin, Le Petit Bar o 小酒馆. Ese sitio del que hacen mención los versos de Zhao Lei.

 

让我掉下眼泪的

Eso que me hace llorar

不止昨夜的酒

es más que el licor de anoche.

让我依依不舍的

Lo que no me deja dejarte

不止你的温柔

no es solo tu ternura

雨路还要走多久

¿Cuánto andaremos bajo la lluvia?

 

Así comienza ese tema musical —y este relato—, su letra relata una historia de amor e intentos de aliviar las penas a través del alcohol. Es impresionante como ese bar, tan simple, congrega a cientos de chinos curiosos, posando frente al local con sus móviles elevados. Otro tanto está aguardando por un asiento dentro, para beber por los malos ratos de la vida o para celebrar con amigos sin pensar en el mañana. Los ojos de una chica que pintó su pelo de un amarillo patito se pegan al vidrio, ese cristal que la separa de un grupo de chicos agraciados que comparten tragos y cigarros. Con sus manos se ayuda para no permanecer en contacto directo con el cristal y continuar observando la vida de los otros. Seguramente, esta noche no conseguirá ingresar al sitio, y mañana partirá con destino a la urbe en la que trabaja, quizás como secretaria o encargada de recursos humanos. Su cara denota un dejo de tristeza, la tristeza que conocen los turistas que no han degustado el ceviche en su visita a Lima. Pero llegan sus amigas, la invitan a un karaoke y su rostro cambia drásticamente, brillan en sus ojos un destello de afecto y parte dando brincos hacia una velada de canciones de interpretación personalizada.

Esa es una de las tantas historias que habitan en Chengdu. La gente lo dice todo el tiempo, es una de las ciudades más agradables de toda China. A esto lo destacan tanto los mismos chinos, como los chilenos, estadounidenses, polacos, franceses o alemanes, todos concuerdan en que Chengdu es un destino que merece la pena, que es insustituible de visita en el país asiático.

Hace varios días que estamos aquí y aún no hemos visto el sol. La niebla es eterna, parece bruma escapada de algún mar mitológico. Y la llovizna acompaña cada paso que se da a la intemperie, día y noche. Supongo que esta metrópoli sería propicia para una serie de vampiros. Sinceramente, a veces imagino a un Jiang Shi que surge de repente, del espeso celaje. Con sus brazos extendidos, dando pequeños y aterradores brincos, intentando detectar mi aliento vital para dejarme seco. Cambio de pensamiento, rápidamente, es un reflejo subconsciente (agradezco esa capacidad de mi mente). Entonces veo a otra criatura que surge de entre la niebla, cuando recuerdo que esa curiosa condición climática permite también a los adorables pandas esconderse y confundirse hasta con las mismísimas nubes de la montaña más alta.

Y los pandas aparecen por todo sitio (más allá de los centros de cría de estos animales, que hacen tan popular a toda la provincia). Voy al baño, un panda estampado al espejo me dice que no desperdicie papel. Paseo por las calles pintorescas de la ciudad, hay pandas por doquier, voy a los callejones Ancho y Estrecho y hay más, de todos los tamaños, casas de venta de suvenires, niñas disfrazadas del animal más encantador del planeta. Miro al cielo y aparece un panda gigante en la plaza IFS, en el centro de la ciudad, pero en este caso ¡realmente gigante! Trepa un rascacielos, es el King Panda de los pandas. Pero al ser tan divino y en blanco y negro, nadie le teme. Y continuo la caminata y hay motivos de panda en los restaurantes, las escuelas y hasta los taxis. Es una invasión silenciosa… y adorable.

La gente aquí es especial, por eso es que Chengdu es popular entre los visitantes. En el centro de crianza de pandas de Dujiangyan, conocimos a dos voluntarias. Hacían de presentadoras en un acto que recibía oficialmente a Bao Bao, un panda llegado desde los Estados Unidos. Al día siguiente, las encontramos de casualidad caminando por las calles de la ciudad tortuga. Seguimos el camino juntos, salimos a cenar, grabamos sketches con el móvil jugando a ser personajes de ficción y, sobre todo, reímos mucho y hasta cantamos. Así es Chengdu, logra que la gente entable amistades de manera casual, sin más. La gente de aquí se mueve en grupos, valoran el concepto de amistad. Se reúnen para tomar el té, jugar al mahjong o contar historias; y siempre en compañía de una buena comida. Es impresionante la cantidad de restaurantes que exhibe la capital provincial.

Chengdu fue la última ciudad de toda la China continental que permaneció ocupada por el Kuomintang. La defensa duró hasta el 10 de diciembre de 1949, cuando el Ejército Popular de Liberación tomó la ciudad y, entonces, el gobierno nacionalista huyó hacia Taiwán. Esto da cuenta de la posición geográfica de esta ciudad, en el centro del Imperio Medio, presentando dificultades geográficas para los viajeros. A esto lo explicó bellamente Li Bai en su poema蜀道难 (Shudaonan), que se podría traducir como El difícil camino a Sichuan.

—Por ejemplo, en el norte los rusos dejaron su influencia. Aquí, solo se respira China —me dijo un sichuanés. Y se puede percibir en la arquitectura taoísta de sus templos, en los modales de la gente, en la comida y su relación con la salud.

Según los chinos, comer picante libera la humedad del cuerpo. Y en un sitio donde la humedad permanece en ochenta por ciento por cuatro días consecutivos, es una obligación moral ingerir altas dosis de picante.

—Las mujeres de Sichuan son las más hermosas de toda la China —continua diciendo el hombre— porque aquí no brilla el sol, las nubes hacen que la piel preserve su blancura. Es sabido que una piel clara es parte de los cánones de belleza del gigante asiático. Y la lista de féminas portadoras de una hermosura legendaria es extensa, en la que se incluye a Zhuo Wenjun o la emperatriz Yang Yuhuan —si efectivamente nació en esta provincia—. Porque el mayor atractivo de la ciudad es su gente, como ya lo hablamos. Y, vale la pena destacar, el encanto místico de sus mujeres registrado por la historia. —No vengas a vivir a Chengdu de joven —dice un anciano. —Ya que quedarás tan enamorado de sus mujeres que jamás podrás escapar.

 

 

Acompáñame a caminar Chengdu,

直到所有的灯都熄灭了也不停留

hasta que no queden luces encendidas.

你会挽着我的衣袖

Tomarás mi brazo,

我会把手揣进裤兜

mi mano en tu bolsillo,

走到玉林路的尽头

坐在小酒馆的门口

a las puertas de la taberna

al final del camino Yulin.

 

 

Termina el viaje que empieza y termina en una taberna, en pareja o con amigos. Riendo o llorando. O solo, buscando pareja; o en pareja, buscando soledad. Hay gente que ríe y llora en cualquier lugar del mundo, pero en Chengdu, en la provincia de Sichuan, generalmente los finales son felices.

De a ratos, creo formar parte de un experimento cinematográfico de Thomas Alva Edison, vivo a dieciséis fotogramas por segundo, reviviendo el efecto visual casi perfecto desde su génesis. Y la pantalla es ocupada por personas que se divierten, ríen, vehículos y pandas que se desenvuelven con absoluta normalidad, casi reales y no como nos tienen acostumbrados los cines actuales, o el resto de las capitales chinas y del planeta.

 

ORIGINALMENTE PUBLICADO EN REVISTA PUNTO.CN

A las puertas de Le Petit BarRepresentación de un panda gigantesco trepando un edificioLa vida relajada de ChengduAmigos teniendo una charla amena en Le Petit Bar

 

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