OTRA MUERTE EN LA FAMILIA

Comenzando el 2016, fallecía el mayor de los Castro, Ramón, y demostraba la —hasta entonces dudosa— mortalidad de la hermandad. Una muerte que encontró a Mongo haciendo vida de campesino, alejado de los tiempos de cárcel y Batista.
En noviembre de ese mismo año, ya sin nada que demostrar, marchó Raúl con “destino paraíso” (a otro, no el cubano). Con tantos admiradores como detractores, igual número de amigos y enemigos; al kilómetro noventa, uno menos que su carnal, dejó otra vez mudo al mundo.
Yo me pregunto, entre tantas críticas y alabanzas, si Cienfuegos lo esperaba con abrazos de compañero o portando la mirada fría que solo conoce el alfil sacrificado por su rey.

Espejismo  

Con el pasar de los días se soportaban cada vez menos. Su forma de comer producía en él disgustos, indigestiones o una completa falta de apetito. La manera en que él sostenía los palitos y el modo en que jugaba con ellos activaban el fuego interno de ella y se arruinaba su suave rostro, su olor a queso rancio perfumado con caros perfumes la dejaban temblando de asco en la oscuridad de la habitación. El té de ella, el mate compartido de él, los desayunos picantes y suculentos de ella, él ensuciando la casa con zapatos de calle.

Alguna vez fueron el uno para el otro y esas fallas, hoy inaceptables, significaron flechazos de amor. Las mañanas y las noches compartidas en tiempos pasados, con besos de fuego salvaje, ahora apenas expresan una reciprocidad de odio puro.

Visitas de los padres, cuidados de los padres, visitas a los padres, consejos de los padres, padres opinando sobre ser padres, llamadas de los padres, comidas con los padres, padres en la casa, padres en la sala, padres de los padres. La vida privada completamente privada de privacidad, los trámites interminables de una familia con dominio de la propiedad humana, la esclavitud de ser yerno.

Demasiadas caricias, demasiados besos, demasiadas palabras de un dulce tan dulce que amarga. Miradas de un deseo constante e injustificado, falta total de entendimiento de las tradiciones. Ese hombre peludo como un mono se bambolea por la casa comiendo a deshoras, bebiendo agua helada, utilizando cada vez que tiene oportunidad esos cubiertos occidentales que resultan completamente imprácticos.

La decisión se tomó tras la cena, a eso de las siete de la tarde. No fueron necesarias demasiadas palabras, ambos estaban seguros de lo que devendría tras ese encuentro definitorio. Se detestaban, no soportaban la presencia del otro, a coro sus mentes interpretaban canciones que maldecían la existencia de su más próximo ser sobre la faz de la tierra.

Años de casados proyectaban dos películas con mismos guionistas, pero diferentes directores. Antagonistas y pertenecientes al mundo de los animales salvajes de la montaña más alta. Una risa de él quebró la tensión, la suya, la de él. Ella enfureció y comenzó a gritar.

La pelea duró poco, aunque su intensidad logró picos indescriptibles. La ventana cerrada, que él tanto odiaba, ahora se abría y dejaba entrar ese aire fresco que su esposa despreciaba.

Supieron pincelar el beso más romántico, casi extraído de los cuentos que le narraba su madre, un cosquilleo sacudía los pequeñísimos y delicados pies de la dama. Eran tiempos de amor sin protección, sin restricción, sin desamor. Cualquier tipo de beso generaría animadversión y náuseas.

La decisión de pasar una vida juntos que concretaron ese sábado por la mañana emanaba del alma y suspiraba esperanzas. Él supo hacerse a la idea de dos familias amalgamadas, de adecuarse y vivir en adaptación por amor. Ella aceptaba su asqueroso acento argentino y su libidinosa mirada matinal.

Se vieron a los ojos por minutos u horas. Se imaginaron el uno al otro viejo, maltrecho y muriendo, consecuentemente gozaban durante dos semanas de festejos con alcoholes y banquetes infinitos. Todo terminaba ahí, en ese deseo, en esa fantasía inmejorable. El otro no era más que un espejismo tras la duna que desdibujaba el viento.

Mañana se reunirían a hablar de la empresa que crearon juntos, como socios exitosos que jamás se amaron. Ella tenía una idea que seguramente lo iba a dejar fascinado.

AGRESIÓN A LA JAPONESA, AGRESIÓN A LA ARGENTINA

1970, China. Nakamura Keiko cae de rodillas frente a la tumba de su padre y llora sus años. En su momento también derramó lágrimas por su otro padre, ese que aportó un esperma desalmado y que maltrató a su gente, a la de su padre, el chino, por quien ahora suspira. Desconsolada y abandonada a su suerte vio huir a su progenitor y recuerda, cada día, sus intentos por olvidar y su olvido.

Nakamura Keiko alza la vista, mira con temor la fría piedra que ahora es rostro de ese chino que la supo amar, el que acogió a la engendrada por el invasor japonés, el que odia a quien le dio su vida tanto como ella podría hacerlo.

Keiko es japonesa, pero probablemente desearía ser china. No posee identidad más que la suya, la propia, la de la mujer que vivió una vida improbable, fuera de las leyes del destino y alejada de las mismas trampas de la muerte. Morir en batalla es un sello de héroe, sobrevivir es otro posible camino. Ser abandonado por los propios y descubrir una vida en lo improbable lo convierte a uno en milagro. En 1998 fue identificada como huérfana japonesa y trasladada a Japón.

2014, Argentina, al otro lado. Guido observa a su abuela, Estela, y se siente por primera vez en familia. “Él me buscó”, dice la nana. El nieto había vivido una mentira, siendo una figura fantasma de cuadro por encargo. Ahora, la obra artística última, la obra maestra del destino: la familia unida, el rompecabezas de catorce piezas finalmente resuelto sobre la mesa.

Se podría decir que la sangre llamó a la sangre, pero es más probable que haya sido el amor y la búsqueda propiamente humana de la verdad, más allá de todo vínculo sanguíneo. La familia adoptiva, en este caso, fue causante de males y destrucción de identidades.

Cuenta una leyenda china que el Emperador Amarillo, hijo del rayo nocturno que preñó a su madre, ganó una batalla contra los habitantes del espejo. Desde entonces ellos están destinados a imitarnos por siempre y sin cometer errores. Quizás se están aburriendo, o ya no hacen bien su trabajo, y así ocurren estos negativos fotográficos entre los extremos del mundo, a uno y otro lado del espejo.

Copyright © Mauricio Percara 2015