AGRESIÓN A LA JAPONESA, AGRESIÓN A LA ARGENTINA

1970, China. Nakamura Keiko cae de rodillas frente a la tumba de su padre y llora sus años. En su momento también derramó lágrimas por su otro padre, ese que aportó un esperma desalmado y que maltrató a su gente, a la de su padre, el chino, por quien ahora suspira. Desconsolada y abandonada a su suerte vio huir a su progenitor y recuerda, cada día, sus intentos por olvidar y su olvido.

Nakamura Keiko alza la vista, mira con temor la fría piedra que ahora es rostro de ese chino que la supo amar, el que acogió a la engendrada por el invasor japonés, el que odia a quien le dio su vida tanto como ella podría hacerlo.

Keiko es japonesa, pero probablemente desearía ser china. No posee identidad más que la suya, la propia, la de la mujer que vivió una vida improbable, fuera de las leyes del destino y alejada de las mismas trampas de la muerte. Morir en batalla es un sello de héroe, sobrevivir es otro posible camino. Ser abandonado por los propios y descubrir una vida en lo improbable lo convierte a uno en milagro. En 1998 fue identificada como huérfana japonesa y trasladada a Japón.

2014, Argentina, al otro lado. Guido observa a su abuela, Estela, y se siente por primera vez en familia. “Él me buscó”, dice la nana. El nieto había vivido una mentira, siendo una figura fantasma de cuadro por encargo. Ahora, la obra artística última, la obra maestra del destino: la familia unida, el rompecabezas de catorce piezas finalmente resuelto sobre la mesa.

Se podría decir que la sangre llamó a la sangre, pero es más probable que haya sido el amor y la búsqueda propiamente humana de la verdad, más allá de todo vínculo sanguíneo. La familia adoptiva, en este caso, fue causante de males y destrucción de identidades.

Cuenta una leyenda china que el Emperador Amarillo, hijo del rayo nocturno que preñó a su madre, ganó una batalla contra los habitantes del espejo. Desde entonces ellos están destinados a imitarnos por siempre y sin cometer errores. Quizás se están aburriendo, o ya no hacen bien su trabajo, y así ocurren estos negativos fotográficos entre los extremos del mundo, a uno y otro lado del espejo.

Bangladesh color cielo

Enamol Hoque Tutul nació argentino, a pesar de nunca haber pisado las tierras de gauchos y vino tinto. Diría que es argentino por elección, pero no podría afirmarlo con pruebas concretas. Su pasaporte, costumbres y lengua lo hacen, también, de Bangladesh.

Se jugaba la Copa América Centenario, Argentina estaba en semifinales y Tutul, en horas de la mañana china, estaba más ansioso que lo que yo he podido estar en la situación más crítica de mi vida. Yo, argentino sin elección y con pruebas para fundamentar mi argumentación, tomaba un té verde en la cafetería de Radio Internacional de China. La celeste y blanca ganó ese partido, en parte gracias al apoyo de los argentinos de Bangladesh —estoy completamente seguro—. Luego perdimos la final, y creo la culpa cae sobre mis hombros por no mirar el partido (mientras Messi se calzaba la casaca, yo me vestía de oficina).

En cada Mundial, Bangladesh se parte en dos. Están las banderas de Brasil y las de Argentina. Cubren las casas, los bares y hasta a la gente. Uno es de este o del otro, no hay matices, y no se puede cambiar de bando jamás, la promesa es eterna. Se cree que los bangladesíes vienen ya predestinados, con una marquita en el código genético, que los hace ser o no ser.

En China se le da más importancia a la Eurocopa, que coincidió en 2016 con la copa que celebró la centuria de la Copa América. El clima futbolero tan presente estaba destinado a dar cobijo al certamen del otro viejo continente, el de griegos y romanos; y no al del nuevo mundo, de quechuas, patacones e inmigrantes de ascendencia griega y romana.

Tutul se encargó durante esos días de hacerme sentir un pecho frío, de no sentir la camiseta, de no ser suficientemente argentino, de no sentir presión cuando el otro equipo nos presiona contra las redes, de no transpirar la gota gorda cuando es falta en nuestra área. Aprendí a ser un poco más argentino, casi tanto como mis hermanos de Bangladesh. Estaré eternamente agradecido.

 

Rosas de papel

En una mesa de adolescentes soñadores, mi amigo Juan me enseñó, hace muchos años, a elaborar rosas con papel de servilleta. Las flores de papel logran ser eternas y jamás pierden el toque del artesano, la mano que con esmero o desgano crea pétalos a partir de la materia prima más efímera de todas. Es por eso que las flores de papel son el mejor obsequio; o, al menos, uno muy superior a las flores que se marchitan con el paso de escasos días.

A la flor de papel se la puede almacenar junto con las otras flores. Quiero decir, dejarla en compañía de sus pares auténticas por naturaleza (o por ser parte de), las que están destinadas a morir y desaparecer fugazmente. Si se realiza esta acción, el papel absorberá los aromas y los resguardará por largo tiempo o por siempre. Aquel que conoce la verdadera esencia de las rosas de papel jamás obsequiará galanterías que se pierden súbitamente y fragancias que perduran un periodo ridículo del tiempo de nosotros.

La flor es el sexo de la planta, es por esa razón que como ofrenda puede ser una muestra de afecto demasiado reveladora y directa en una relación que está apenas germinando. Obsequiar una flor significa obsequiar sexo, el sexo extirpado de una planta y servido en ramo. Las flores de papel son por sí mismas y no cumplen función reproductiva alguna, simplemente se componen del papel blanco que expresa paz y pulcritud, pureza y cariño sincero… y blanco. Las flores de papel pueden ser entregadas con amor a una esposa en las bodas de plata, a un anciano solitario en su primera navidad de la era Alzheimer o a una niña que intenta aprender un versito escolar.

Una flor de papel no distingue entre sectores sociales: tanto el vagabundo menos afortunado como el empresario más exitoso son capaces de confeccionarla con mismo sentido e igual dosis de amor.

Las flores blancas, dicen, representan la muerte en China. También se comenta que los eunucos de antaño se esforzaban en las artesanías de papel.

Copyright © Mauricio Percara 2015