Liangshan

Un paisaje imponente, hermosamente magnificente en la tranquilidad que una montaña siempre intenta otorgar. Pero no hay opción para la paz en Liangshan. No hay descanso, no se respira más que tras la muerte. Los niños escriben versos de padres que dejan este mundo y los muertos quizás conozcan el alivio. En la provincia de Sichuan, ahí donde todos viajan en manada para acercarse a un oso panda, también hay heroína y SIDA. En otros tiempos pocos osaban acercarse por temor a los saqueos, hoy el miedo es a la perdición del alma.

Aquel que deja su sitio en busca de iluminación para convertirse en profeta, ese que finalmente vuelve siendo un antagonista en lugar de un héroe ¿cómo se le dice a ese hombre que toca con la guitarra la canción que aprendió en la cárcel?

El lago Lugu se sabe todas las letras, las repite en cada pequeño movimiento de sus aguas y respira dificultosamente.

—La etnia Yi merece redención— repite el agua todas las noches a eso de las once y media.

Condena

Descendían a las tierras como aves de rapiña, se lanzaban
como caranchos sobre los restos de una oveja campera. Solo
podían observar con hambre al resto de los otros, los no suyos,
los vivos.
Se abalanzaban y sonreían de puro gusto, creyéndose dignos
de ser nombrados cazadores.
Pero lo que no sabían era que estaban destruyéndose a sí
mismos. Ni su vida, ni su alma, ni su conciencia, ni su cuerpo
despreciable. Ellos estaban acabando con su legado.
Nadie los volvió a nombrar jamás en la historia y serán
apenas referenciados por error alguna vez. Pero ahí estuvieron,
siempre. Ahí está su vida, su alma, su conciencia y hasta su cuerpo,
vagando penosamente sin poder trascender jamás.

El sentido de New York

Por Mauricio Percara

No soy uno de los más adeptos al turismo sin sentido, me considero parte de los que no son parte de ese grupo de inconscientes que se mueven a través del globo sin más motivación que descubrir lo que otros ya han descubierto, documentado, plasmado en libros, en mapas y en documentales desde hace años y en la mayor cantidad posible de miradas. Pero un día pasé por Nueva York, sin sentido alguno, como una escala planificada en un viaje a China.

Un moreno tarareando sin sentido mientras agregaba amistosamente “Marihuana, cocaine…” resultó un punto de diversión propio de series como Seinfeld. También ver los edificios gigantes expuestos como carne asada en góndolas o las ardillas que aún sobreviven a las ratas gigantes del Central Park.

Un taxista me hablaba en un acento algo extraño, uno que adiviné sin darme cuenta. Me contó que era colombiano, que vivía en la Gran Manzana desde hacía veinte años y me aconsejó no fiarme de la “gente negra”. La advertencia no me sirvió, porque esos “negros” siempre resultaron los más atentos, honestos y dispuestos a colaborar conmigo cada vez que me perdí en mi búsqueda de nada. En fin, prejuicios.

El colombiano levantó el teléfono y comenzó a hablar con su esposa. Mientras él platicaba con su español de acento bogotano, ella respondía en un inglés neoyorquino. He aquí el despertar del sentido de mi viaje sin sentido.

Copyright © Mauricio Percara 2015