Fiesta en Pionyang: Cómo pasarla bomba en Corea del Norte

Cuando se piensa en aprovechar las vacaciones para aliviarse del estrés, para descargar esa mochila tan pesada repleta de quehaceres propios de la rutina laboral y olvidar los malos ratos que nos tragamos a cántaros con trámites, gente incomprensible, taxistas o malversadores, seguramente Corea del Norte no sea la primera opción en nuestra lista de sitios para buscar esa relajación que mente y cuerpo piden a gritos. Pero, si le damos una oportunidad a la República Popular Democrática de Corea, podemos pasarla realmente muy bien.

Aprovechando mi estancia en Beijing, capital de China, me embarqué en un tour ofrecido por la empresa Young Pioneer Tours. Partí en busca de secretos a develar, pensando en levantar alfombras y sacudir el polvo, soñando con desenterrar huesos y vaciar placares llenos de esqueletos con carga atómica activa.IMG_4201[1]

Me trasladé a Dandong, al norte de China, y desde este punto crucé la frontera en tren hacia el tenebroso Reino de Kim. De camino vi un puente inconexo, un señor paseando a sus patos por la pradera y pescadores pasando el rato en cuclillas sobre lagos y ríos congelados.

Nos recibieron dos guías lugareños, sonrientes y radiantes como el sol norcoreano de las tres de la tarde. Vamos al hotel. El olor a desinfectante, casi tangible, daba la bienvenida y destacaba las cinco estrellas del alojamiento. Un corte de luz también nos recibe.

Tomamos el ascensor, se corta la luz nuevamente. Tengo miedo. La electricidad regresa y el elevador demora unos minutos más en reiniciar el sistema. Salimos de esa trampa y la luz nuevamente se va, casi a la velocidad que Einstein comprobó que la misma posee. Con mi compañero de cuarto oscuro, un inglés, reímos. Claro, sobrevivimos.

IMG_4538 Hace frío, porque es invierno y ya que la calefacción simula no estar encendida. Las camas en nuestros cuartos cuentan con mantas eléctricas, para suplir la falta de otro método para generar calor. Nada mal.

Vamos al bar del hotel, los guías están ya algo entonados y brindando con su tercera o cuarta cerveza. Es un hombre de unos 40 años, el Señor Song. A su lado está su compañera, algo tímida y de unos veinticinco años, la Señorita Song. Ninguno ha tenido la oportunidad de salir de su país, por falta de tiempo. En la barra de ese bar, una jovencita sirve los tragos. Mis pies helados me obligan a pedir un té. Luego sigo con cerveza y vodka.

-¿Te ponen las coreanas?- dice un desubicado. No respondo más que con una risita, pero acepto que esas féminas tienen algo, un rasgo militar que realza sus encantos naturales.IMG_4525

Con la chica en la barra tengo un diálogo de sonrisas y una conexión de simpatía, le enseño cómo se hace una rosa con servilletas de papel y se ruboriza.

Es el cumpleaños de uno de los chicos y el Sr. Song ofrece la sala de Karaoke para celebrar. Bebidas, risas, chistes. Es una de las noches más divertidas de mis últimos tiempos. La Srta. Song canta My Heart Will Go On, imitando el estilo de Celine Dion. La electricidad viene y va, pero el efecto del alcohol es cada vez más notorio. Creo que los guías están algo pasados de brebajes etílicos, ríen a carcajada limpia y cantan sin parar. En algún momento nos fuimos a dormir.

Los días siguientes recorrimos Pionyang, la capital de esta Corea. Es de destacar el Museo de la guerra de liberación, que muestra la gloria del pueblo de Kim y a su vez expone en sus afueras al Pueblo, un barco estadounidense que está aún en posesión del gobierno norcoreano.

Leo un diario, es el año 105 según de la era Juche. Esa filosofía que todo lo sabe, la Juche, le da el poder al hombre y lo hace responsable de sus acciones. De alguna manera Descartes colaboró con este país. Reviso nuevamente la fecha para asegurarme de que no estamos en 1984.IMG_4412

Veo las fotos de los líderes por todos lados, pero no noto la presencia de cámaras de vigilancia. No se puede imitar la pose de los Kim al tomar una foto, no se pueden doblar las publicaciones gráficas que muestren a los líderes, no se puede tomar fotografías de los líderes que no sean de cuerpo completo. Líderes, todo lo que se refiera a ellos es sagrado.

Nuevamente un bar, en otra locación. Nos sirven cervezas artesanales. Es todo muy barato. Otra vez en su estado de ebriedad, escuchamos al Sr. Song hablar de su familia, de su padre, de su hijo, de sus problemas con el tabaco y el alcohol. Evadiendo preguntas, expone su conocimiento sobre el mundo exterior. Sabe mucho del planeta que nunca visitó y cuenta historias de nuestras tierras al estilo de Julio Verne.

Al día siguiente, antes de marcharnos, viajamos en metro. Apenas vemos dos estaciones, esas que algunos dicen que les dijeron que son las únicas que existen. La explicación es que no tenemos tiempo suficiente para testificar más.

IMG_4643Nos subimos al tren que nos alejará de esas tierras de placer. Recuerdo que la noche anterior la Srta. Song me narraba la historia de una pareja de suizos que hacía unos años visitaron Corea del Norte en su luna de miel. Iban a la playa y la convidaban con bebidas de todo tipo. En ese momento, me sonríe y se quita las gafas. Luego de unas copas más me cuenta todos sus secretos, pero los que guarda su país siguen siendo aún un misterio. Seguimos con cervezas en el viaje de regreso a la China continental, allí el alcohol es mucho más caro.

  

El Diario de los Pueblos (amplía página 40 de Historias errantes de almas perturbadas)

 

Hubo un tiempo en que los hombres utilizaban piedras para lanzárselas unos a otros como forma de comunicar el odio mutuo. En otro momento de la historia, el hombre prefirió las armas de destrucción masiva.

Pero primero fue la palabra y, por esa razón, el Diario de los Pueblos nace como una alternativa en el mundo de la expresión humana. El odio hacia la raza humana es un requerimiento para los periodistas que escriben en esta publicación y el hecho de pertenecer a esa raza los hace vivir en un estado de masoquismo ideológico continuo.

Nótese que los trabajadores de El Diario de los Pueblos consideran que existe solo una raza, la cual debe ser despreciada partiendo desde su existencia.

A al ladrón (desde la página 33 de Historias errantes de almas perturbadas)

Subía, rumbo a la cima, mientras me debilitaba cada vez más. Mis piernas flaquearon cuando el sol lanzó esa llamarada algo azulada, de un intenso brillo de piedra preciosa y con un dejo de nitidez propio de cosa sólida. Observé a través de mi mano alzada y divisé, como reflejada en el astro, la mirada del Maestro. No dudé en avanzar por ese sendero, en esa dirección y a ese ritmo. Una mosca comenzaba a molestarme, luego se sumaron otras diecisiete y les siguieron cinco más.

Acelero mi paso y a al galope avanzo entre matorrales y piedras gastadas. El sol se apaga y todos esos deseos sin concretar se aparecen en mi mente como fotografías de álbum familiar. Mi marcha no cesa ante sonrisas de doncellas y besos apagados. Diviso otra luz, más cercana. La busco.

Avanzo dando saltos, imitando a un canguro, pero no encuentro motivo alguno para este accionar que me hace menos que irracional. Entonces, a al cruzar la cuarta colina, veo una multitud de hombres canguro luchando entre sí. Sin otra posibilidad, me sumo a esa batalla con las energías que aún poseo.

Cada vez somos menos los que quedamos en pie y nuestros brincos se hacen más débiles con el paso de los días. Entonces aparece alguien más en escena, un hombre de ojos azules enormes y cabello ondulado en tono grisáceo.

—Cada canguro tiene una bolsa, las bolsas guardan objetos que generalmente tienen un valor importante y por esa razón están siendo resguardados en dicha bolsa, a al indicado se dirigen mis palabras— exclama suavemente el hombre.

Ahora apenas somos tres los hombres canguro aún brincando. Por primera vez, desde el comienzo de esta riña, descubro los morrales de mis contrincantes. Ya no peleo. Encuentro la manera de extraer cigarrillos de una de esos sacos y una botella de licor de menta de otro. Los hombres canguro desaparecen en un instante y el individuo de ojos sobredimensionados muestra su rostro auténtico.

Es un niño parado ante mí, de unos cinco o seis años. Sonríe y me estrecha la mano. Dulcemente me indica que estoy listo, preparado para explorar el mundo del robo. El sol comienza a brillar otra vez y me despido del Maestro.

En el camino de regreso me detengo a al pie de un árbol, uno de los pocos que encontré en todo el trayecto. Bebo un poco de licor, enciendo un cigarrillo y juego con el humo. El reloj pulsera que le robé a al Maestro me dice que son las seis de la tarde. A al ladrón se le enseña a robar como a al perro a ladrar. A al es nuestro código imperfecto que nos forja incorrectos.

Copyright © Mauricio Percara 2015