Li

El Señor Li sale a la vereda a hablar con sus vecinos. Es consciente de que existen 100 millones de Señores Li, pero él se sabe único. Se siente así y lo confirma a cada instante. Su percepción es la que le indica cada tarde, a eso de las cuatro, justo antes de comer, que no hay nada más particular que lo que lo distingue. Puede que el Señor Li coma arroz de igual manera que unos 100.000 Señores Li o posiblemente incluso sostenga los palillos exactamente a como lo hacen 45.000 Señores Li, pero cada vez que el Señor Li se hace de su mi fan ceremoniosamente y luego de ofrecer vinagre a sus amigos, entre los que se incluyen tres Señores Li, él se siente uno con el universo y, más importante, único. Cuando se hace tarde en la ciudad las veredas se tornan anchas y aLIlgo más tibias, el bullicio del Hutong es la víspera del día que se comienza a ir, lentamente. El Señor Li se anima y despierta, o despierta y se anima. O puede que el Señor Li no sea este Señor Li y sea otro, uno de entre los 100 millones de Señores Li. Hay alguaciles revoloteando en bandada y el tiempo está muy pesado, hace calor y el crujir de las hojas del otoño pasado ya no se oye. Un nuevo día en la Dinastía Xia respira dificultosamente y da sus primeras bocanadas quejumbrosas. El Señor Li posa su mirada  en el horizonte. Está nublado, parece que va a llover.

 

Lectura del relato en vivo por Marco Chacón en el programa Mix a la Chart, FM Mix 88.7 (Santa Fe, Argentina)

 

 

La Jaula

Hay un momento en que los hombres descansan, lejos, al otro lado del mundo, donde el sol se pone y las cigarras dan lugar a los grillos. Las mamás arropan a sus hijos, algún mate lavado, un café tibio y las voces incontables que retumban gritando los recuerdos del día que se fue. Justo en ese momento es que Beijing despierta.

Antes de que los primeros rayos del sol más amarillo alcancen las calles que aún bostezan, un hombre pasea a su pájaro por el parque. El ave no canta ni vuela, no sabe qué sabe, ni vive lo que vive sin querer vivirlo. Pero el señor, con sus 76 años, silba y se mueve adiestrando su cuerpo siempre joven en las artes del Tai chi chuan. El pájaro quisiera volar, como todos, como los hombres. El pájaro desea ser libre, como su dueño. El hombre salta, hace ejercicio. El ave, en un ataque frenético, aletea rápidamente y aún más aceleradamente se arrepiente de su arrebato de esperanza al chocar su cuerpo debilitado por el cautiverio contra el muro de alambre. El pájaro se sabe entonces pájaro y confirma que no fue creado para volar como un pájaro.

El hombre camina mirando al suelo y sueña despierto un rato, camina más lento, se detiene, el hombre sabe. El vientito sopla en el verano más caloroso que la Capital del Norte haya visto.

El pájaro no silba, porque el pájaro está muerto aunque no lo sabe, porque es un pájaro y los pájaros no tienen permitido pensar o sentir o quejarse por morir o silbar como pájaros. El hombre va al lago, mira su reflejo como por primera vez, como enamorado, como sintiéndose loco y extraño a sí mismo.  Se observa detenidamente, sin pretenderlo.

El hombre se ve, sacude sus alas polvorientas deseando ver ese mundo que está fuera de su jaula, ese mundo del que hablan los pájaros.

Silencio, mudo, quieto. Hay gente que duerme en el piso de abajo.

 

 

Escucha la narración del relato por Mauricio Percara

Hong Kong

En compañía de calor y humedad, un turista en Hong Kong se puede sentir acosado ante la venta de copias de relojes. Pero la vida va más allá de eso en la isla. Apreciar su Buda Gigante es una opción más amena, ver esa magnánima construcción que parece tan antigua pero que no se acerca siquiera al siglo de existencia. Pero si algo verdaderamente golpeó a las puertas de mi atención, fue lo menos esperado.

A escasos metros de mi hospedaje se emplaza la Avenida de las Estrellas. Y ahí estuve, por un rato. Jet Li, Bruce Lee, caras conocidas con forma de estrella. Y la sorpresa. Y el recuerdo. Y la película de mi vida dirigida por Wong Kar-wai.

Aparece ante mi mirada perdida una pareja, de esas que no se miran ni se tocan, de las que se hablan con cierta distancia. Dos personas que se unen ante la necesidad de unirse para no estar solos en una vida de caminos que siempre se pierden en la noche o en los días salvajes. Dos humanos que se reconocen crédulos ante el amor, pero que jamás se animarán a practicarlo como las bestias que caminan por su espalda.

Y recordé una noche de gloria. Esa velada en que me acerqué a este director, que se presenta ante mí en este suelo isleño como la simplificación de un cuerpo celeste. Oscar Cuervo habla acerca de un director de cine de Hong Kong y la ciudad de Crespo lo observa, como a un extraño que se pierde ante la vastedad de lo invisible en una ciudad gigante de unos veinte mil habitantes. Oscar trajo una película para compartir con el pueblo y él mismo ve con curiosidad la pantalla que le presenta, quizás por centésima vez, Con ánimo de amar.

 La pareja no se besa y tampoco se ama, pero la mujer me sonríe con sus ojos de sufrimiento, ese que está siempre guardado en un rincón del armario más viejo.

Copyright © Mauricio Percara 2015