El Diario de los Pueblos (amplía página 40 de Historias errantes de almas perturbadas)

 

Hubo un tiempo en que los hombres utilizaban piedras para lanzárselas unos a otros como forma de comunicar el odio mutuo. En otro momento de la historia, el hombre prefirió las armas de destrucción masiva.

Pero primero fue la palabra y, por esa razón, el Diario de los Pueblos nace como una alternativa en el mundo de la expresión humana. El odio hacia la raza humana es un requerimiento para los periodistas que escriben en esta publicación y el hecho de pertenecer a esa raza los hace vivir en un estado de masoquismo ideológico continuo.

Nótese que los trabajadores de El Diario de los Pueblos consideran que existe solo una raza, la cual debe ser despreciada partiendo desde su existencia.

A al ladrón (desde la página 33 de Historias errantes de almas perturbadas)

Subía, rumbo a la cima, mientras me debilitaba cada vez más. Mis piernas flaquearon cuando el sol lanzó esa llamarada algo azulada, de un intenso brillo de piedra preciosa y con un dejo de nitidez propio de cosa sólida. Observé a través de mi mano alzada y divisé, como reflejada en el astro, la mirada del Maestro. No dudé en avanzar por ese sendero, en esa dirección y a ese ritmo. Una mosca comenzaba a molestarme, luego se sumaron otras diecisiete y les siguieron cinco más.

Acelero mi paso y a al galope avanzo entre matorrales y piedras gastadas. El sol se apaga y todos esos deseos sin concretar se aparecen en mi mente como fotografías de álbum familiar. Mi marcha no cesa ante sonrisas de doncellas y besos apagados. Diviso otra luz, más cercana. La busco.

Avanzo dando saltos, imitando a un canguro, pero no encuentro motivo alguno para este accionar que me hace menos que irracional. Entonces, a al cruzar la cuarta colina, veo una multitud de hombres canguro luchando entre sí. Sin otra posibilidad, me sumo a esa batalla con las energías que aún poseo.

Cada vez somos menos los que quedamos en pie y nuestros brincos se hacen más débiles con el paso de los días. Entonces aparece alguien más en escena, un hombre de ojos azules enormes y cabello ondulado en tono grisáceo.

—Cada canguro tiene una bolsa, las bolsas guardan objetos que generalmente tienen un valor importante y por esa razón están siendo resguardados en dicha bolsa, a al indicado se dirigen mis palabras— exclama suavemente el hombre.

Ahora apenas somos tres los hombres canguro aún brincando. Por primera vez, desde el comienzo de esta riña, descubro los morrales de mis contrincantes. Ya no peleo. Encuentro la manera de extraer cigarrillos de una de esos sacos y una botella de licor de menta de otro. Los hombres canguro desaparecen en un instante y el individuo de ojos sobredimensionados muestra su rostro auténtico.

Es un niño parado ante mí, de unos cinco o seis años. Sonríe y me estrecha la mano. Dulcemente me indica que estoy listo, preparado para explorar el mundo del robo. El sol comienza a brillar otra vez y me despido del Maestro.

En el camino de regreso me detengo a al pie de un árbol, uno de los pocos que encontré en todo el trayecto. Bebo un poco de licor, enciendo un cigarrillo y juego con el humo. El reloj pulsera que le robé a al Maestro me dice que son las seis de la tarde. A al ladrón se le enseña a robar como a al perro a ladrar. A al es nuestro código imperfecto que nos forja incorrectos.

Korean Song

-No viajé por el mundo solo por falta de tiempo. Pero disfruto mucho de conocer las diferentes culturas a través de mi trabajo como guía turística- expresa a través de una sonrisa casi perfecta la Srta. Song, con un sentimiento inexpresado símil a la enajenación.

Compartiendo su alucinación por la actuación de Di Caprio como Jack en Titanic, la joven de unos 24 años se ponía de pie y comenzaba a entonar una canción en coreano. Sus ojos tomaban un brillo opaco. En esa noche helada, esa brillante dentadura que ostentaba un blanco nevado no desaparecía y hasta lograba molesIMG_4201[1]tar de a ratos.

En Corea, la que se ubica más al norte, las damas no beben ni fuman, eso me dice el Sr. Song, el otro guía, mientras hacemos un brindis y la Srta. Song intenta un imposible fondo blanco. Tomo el micrófono y emulo a Elvis Presley, cambio la letra y escupo amorosamente “Love me tender, Korea”. Los Song ríen a carcajada limpia por una fracción de segundo, aunque no expresan palabra alguna.

Se retoman las canciones en coreano en esa velada de Karaoke, celebramos el cumpleaños número treinta de uno dIMG_4307[1]e los compañeros de Tour. El KTV y el hotel todo nos pertenecen. La admiración al Líder se derrama en cada letra, frase y tono, implícita y explícitamente. El Sr. Song desafina un poco, no es tan agraciado artísticamente como la fémina de los dientes que brillan en la oscuridad. Apaga un cigarrillo y canta otra canción, él tampoco ha viajado  a otros países por falta de tiempo.

-Juche significa que las decisiones las tomamos nosotros, los hombres, yo tengo el poder de decidir- me instruye la Srta. Song mientras termina su tercera cerveza. Se corta la luz por cuarta ocasión en las últimas tres horas. El suministro de agua caliente, ese que debería estar habilitado durante dos horas por la noche, ha fallado hoy, y me siento un poco sucio. Seguimos cantando en la penumbra, ya acostumbrados, ya coreanos del norte por elección.

Copyright © Mauricio Percara 2015