De allá a la China (acá): Mi historia de Mauricio Percara

 

Cuando uno crece en un pueblo (o en una ciudad pequeña, según la estadística), comprende muchas veces al mundo como una Aldea Global. Cada problema que surge en el planeta intenta ser comprendido por los pueblerinos desde el marco de un puñado de habitantes. Pero también existen caminos que llevan a esos nacidos entre tan pocos a rodearse de los otros tantos, los muchos, los casi todos.

Cada vez que me alejaba de mi Crespo, localizada en Entre Ríos, se mostraba ante mí una familia de aves de corral, alzándose imponente en el pórtico de la ciudad. Crespo es la Capital de la Avicultura, se expone con orgullo. Mi imaginación hacía que estos ejemplares de yeso de las aves más numerosas del mundo rían, lloren o cacareen según la ocasión. Y era su mirada la que daba el visto bueno o una rotunda negativa a cada intento de alejarme de sus tierras.

Terminado el secundario, me fui a estudiar a Santa Fe. No sé exactamente el porqué, pero la elección se correspondió en primer lugar al lugar. Santa Fe era parte del destino, como sitio, como espacio geográfico, para bien o para mal. En cuanto a la selección de la carrera universitaria fue mucho más complicado. Tras muchos tests vocacionales, consultas a amigos y dudas, muchas dudas; escogí estudiar Letras. Cabe decir que pensé seriamente en convertirme en ingeniero, abogado o médico.

Ya en tierras santafesinas, llegó a mis manos un folleto de esos que tiran por la calle y me hice conocedor de la carrera de Locución. Al poco tiempo me sumergía a estas aguas de las que apenas sí conocía su temperatura. Una temperatura templada, de esa que gustan los grandes tiburones.

Mientras, me sentía un destructor de la palabra al estudiar las formas de crear arte, del cómo al cuándo y del qué al por qué del qué. Durante cierto período intenté compartir mi tiempo entre ambas carreras, hasta que un día abandoné Letras, por inmadurez o romanticismo o al descubrir que el tiempo no es infinito. Uno de estos días vuelvo, a darle otra chance.

Locución, radio y televisión, representaban mundos nuevos para mí. Apenas tenía la experiencia de haber hecho una pasantía en un periódico local y de realizar un programa de radio los sábados por la tarde con Nico Ulrich y Milton Buttazzoni, mis amigos de toda la vida.

Recuerdo que al año de estar morando en esas tierras, al otro lado del charco, la ciudad grande había mutado en mi nuevo pueblo. La gente me saludaba, me encontraba amigos donde sea que iba y debía decidir a qué fiesta asistir. Además, al no tener nunca un departamento fijo, ya que mi economía no lo permitía, pululaba de aquí para allá. Pasé por pensiones y conocí gente de todo tipo. Viví con un jugador de fútbol, con dos sordomudos y con estudiantes de diversidad de carreras.

Al ir conociendo más y más gente, logré ciertos contactos e inicié mis prácticas no remuneradas en una radio de rock nacional. Conducía un turno de cuatro horas los domingos, empezaba al mediodía. Ese público, el más particular que encontré hasta ahora, me convenció de no detener el paso jamás y logró que me enamore de la radio, de las palabras que se dicen al aire y que nunca se sabe hacia dónde serán llevadas por el viento. Por esa razón jamás he lanzado una botellita con un escrito dentro a las aguas del Paraná, ya que la modulación ha cubierto esa necesidad con creces. Historias de dragones, música de Calamaro y entrevistas con bandas de heavy se entrelazaban y encontraban su punto en común: el público, que al otro lado, siempre se mostraba complacido. Familias que me visitaban y hasta alcanzaban una vianda, amores de texto, llamadas anónimas. Todo eso y mucho más viví en la radio.

Finalicé mis estudios y volví a mis pagos. Empecé a trabajar en varios medios de Paraná, capital de mi provincia, y eso me hacía viajar casi todos los días. Además, frecuentaba Ramírez para hacer un programa con Claudia Cournet, gran colega y mejor amiga. También con ella dábamos rienda suelta a la labia en un medio crespense.

Recuerdo una noche, esperando el colectivo en la terminal de Ramírez y acompañado apenas por mi soledad y un sereno que barría las hojas del otoño que se iba. Le escribo a Claudia y le digo que “me siento muy bajoneado, nuestras carreras no pueden terminar en este punto, tenemos la obligación de seguir y encontrar algo más.” Luego a Claudia la vida la fue llenando de éxitos laborales, pero a continuación, comparto algo de mi historia a partir de ese momento.

A las semanas inicié un programa de radio que enviaba grabado a Tupungato, Mendoza. Amanecidos se titulaba, lo grababa por la madrugada y salía por esos lados a media mañana. Entrevistaba a mis amigos, básicamente, sacando a relucir lo mejor de ellos. Ese envasado generó interés en otros medios y empezó a expandirse, incluso lo transmitía una emisora de Miami, Estados Unidos. Recibía correos electrónicos de sitios inhóspitos de los que apenas reconocía por su nombre. Localidades pequeñísimas, capitales gigantes y públicos muy distintos. Fui timado y mimado, amado y bastardeado, criticado y ensalzado: disfruté cada momento.

Comencé a grabar publicidades para la zona, para mi región del Litoral, y, al mismo tiempo, para todas las provincias argentinas. Además expandía ese trabajo a otros países y luego a otros continentes. Llegó Foxy Rock, un programa que se propagó por más de 300 radios de más de 20 países. Todo pasó relativamente rápido, pero simuló ser una eternidad de dioses impacientes.

Debo decir que, además de los medios, tuve mi paso por una escuela de modelos como profesor de oratoria; como tutor en una escuela y como profesor de una asignatura relacionada con comunicación en otra. Recuerdos que me parecen maravillosos y alumnos que están siempre en el corazón.

Seguí estudiando, hice la Licenciatura en Periodismo y Comunicación, y aprendí más sobre cómo mostrarme al mundo. Además hice capacitaciones en temas referidos a mi profesión cada vez que me era posible. Mi voz ya había recorrido gran parte del globo y yo, como persona y no voz, me sentía celoso. Comencé a buscar trabajo fuera del país o el trabajo me buscó a mí, no lo recuerdo. Un día recibí una llamada de una mujer china y, esa mujer, hoy es mi jefa.

Y mi pluma, la que siempre se mostró tan tímida como infatigable, se hizo un poco más pública en los últimos años con la publicación de algunos cuentos y mi primera novela, así como también lograron más exposición mis artículos y relatos.

Hoy estoy en Pekín, la capital de China (una urbe que por estadística demográfica podría ser un país). Salgo a caminar y me encuentro con gente que me saluda, Pekín es mi pueblo. Me desempeño en Radio Internacional de China, y he viajado por muchos sitios, por trabajo o placer (o por trabajo y placer). Tengo grandes amigos en los rincones más perdidos del mundo y en los sitios más paradisíacos (lo que me anima aún más a visitarlos).

Cada vez que viajo, llevo un micrófono bajo el brazo. Me doy cuenta de que tengo más equipos de audio que ropa. Lo más importante: aunque mi voz aún lleve la delantera, hicimos las pases y decidimos continuar laborando juntos.

 

 

Publicado por TN.com.ar

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Piezas

¿Qué fue primero, el huevo o la gallina, el mundo o el TEG?

OTRA MUERTE EN LA FAMILIA

Comenzando el 2016, fallecía el mayor de los Castro, Ramón, y demostraba la —hasta entonces dudosa— mortalidad de la hermandad. Una muerte que encontró a Mongo haciendo vida de campesino, alejado de los tiempos de cárcel y Batista.
En noviembre de ese mismo año, ya sin nada que demostrar, marchó Raúl con “destino paraíso” (a otro, no el cubano). Con tantos admiradores como detractores, igual número de amigos y enemigos; al kilómetro noventa, uno menos que su carnal, dejó otra vez mudo al mundo.
Yo me pregunto, entre tantas críticas y alabanzas, si Cienfuegos lo esperaba con abrazos de compañero o portando la mirada fría que solo conoce el alfil sacrificado por su rey.

Copyright © Mauricio Percara 2015