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May 2016

Formas (amplía contratapa de Historias errantes de almas perturbadas)

Sus formas perfectas,

de deidad inmaculada,

de animal mitológico,

la hacían verse como perdida

esa mañana de sábado.

Las aves no cantaban,

los rayos de sol

no rozaban el suave pastito

y los ojos perdidos

de los caminantes vespertinos

no se encontraban nunca

con los puestos de comida.

Una tragedia iba a acontecer,

inevitablemente,

pero sus formas,

tan delicadamente contorneadas

por el mejor artista anónimo,

apenas simulaban estar presentes

en el mundo de los vivos.

Tomé mi guitarra

y toqué la canción,

esa que nunca me enseñaron

ni aprendí.

La inspiración me llevó

a interpretar un solo de horas.

Mis manos machucadas,

sanguinolentas y estropeadas

para siempre,

ansiaban palpar,

siquiera una vez,

esas curvas imposibles

que se movilizaban impávidas

ante mi mirada

de aprendiz de mago.

Las verdades,

las mentiras más pequeñas,

todo lo que el hombre

haya concebido jamás,

se hacían una sola bola

de desperdicios mundanos

ante esa escultura de carnes

y fragancias eróticas.

Mi tacto,

con pensamientos propios,

daba giros en el aire,

volteretas de trapecista,

iba y venía

en una carrera sin rivales.

Y fue entonces

cuando ocurrió.

Sus manos eternas

se posaron sobre las mías

y no se separaron jamás,

fuimos enterrados vivos

en una soledad de pareja,

para siempre.

Y sus formas

se hicieron mis formas

y así,

sin remedio,

la estropeé.

Pandarinathan

Nos conocimos tirando al aro, en una canchita de básquet. Ese día, mea culpa, la pelota se pinchó. Pero la vida, pocas veces metafórica y frecuentemente irónica, abrió una amistad en ese hueco que ventilaba aire comprimido. Su nombre es Pandarinathan, es un indio de la zona que habla tamil, de la provincia de Tamil Nadu.

El destino nos llevó a convivir, tiempo después. Es que en China la gente vienepanda 1 y va, son soñadores que llegan y se dejan llevar hacia otros parajes hasta que regresan, sin más, a la China de sus amores.

La casa, ahora aromatizada con curry, había mutado con su presencia. Mi costumbre es colocar platos, botellas, frascos y demás utensilios en sitios elevados; Nathan –como le gusta ser llamado- o Panda –como le apodamos con cariño- sitúa gran parte de su arsenal culinario en el suelo, en contacto directo con las energías de la tierra. Pena que vivamos en un quinto piso.

Jamás he visto cómo se unen los labios de mi compañero de piso, tampoco he dedicado tiempo a imaginarlo. Es que su sonrisa jamás desaparece, es eterna y blanca como la leche del animal que adoran en sus pagos.

Panda estudió informática, tiene una maestría en estas ciencias, pero su pasión lo llevó al terreno de la escritura y el periodismo. Intenta con grandes esfuerzos traspasar su habilidad redactora en tamil al inglés, la lengua que considera es la del futuro. Este idioma es, justamente, el que unifica a la India, mediando entre las diferentes hablas.

Hay algo más, sorprendentemente increíble. Este chico ama las letras de Paulo Coelho, ese brasilero tan bien y mal criticado en tierras sudamericanas. Para Nathan, este escritor es la máxima expresión de la literatura universal y no existe otro como él. “Amo cada una de las palabras que escribe”, me comenta en una charla de domingo.

Ese mismo día comparte conmigo su colección de Coelho, con doce libros del autor en exposición, todos en lengua inglesa. Fue su mentor periodístico, el jefe de redacción del periódico Dinamani de sus tierras, quien le introdujo este novelista para mejorar sus cualidades de redacción en lengua inglesa. Mi natural inquietud consistió en saber el por qué de la elección de un autor no nativo. Nathan sigue el blog de Paulo Coelho, me cuenta que este publica en inglés y que, según su teoría, es el mismo brasilero quien se encarga de las publicaciones en esta lengua germánica.

En los tiempos en que mi amigo se iniciaba a leer al de las fincas de la zamba, apenas había terminado una relación sentimental complicada. Devastado, encontró el consuelo necesario en esas líneas traducidas, las que cumplieron con la misión de libro de autoayuda.

Desde el sur de la India al norte de la China y desde las tropicales tierras brasileñas brindando luz a los oscuros despojos de una relación que no pudo ser, “cada hombre sobre la faz de la tierra tiene un tesoro que lo está esperando”.

Daniel, el valiente

 Por Mauricio Percara

 

Me contaron unos amigos argentinos radicados en Beijing que un coterráneo viajaba a Corea del Norte en el mismo tour al que yo me animaba, en la primera quincena de febrero de 2016. Me dijeron que era “un periodista, un viajero, un pendejo aventurero”.

–Are you from Argentina? –preguntaba a los que encontraba en la estación de trenes de Datong, punto de salida a Pyongyang, capital norcoreana. Así conocí a Daniel Wizemberg, en el purgatorio de los viajes todos.

Nos tocó compartir camarote con un inglés, algunos canadienses y un indonesio. EDanieln una algo intensa revisión por parte de los soldados de las tierras del Juche, estos trabajadores de la guerra confundieron al de Indonesia con uno de los suyos por unos minutos. Luego devino una situación muy graciosa, que no merece ser contada por el mismo temor a arruinar su esencia.

Daniel recorre el mundo, está escribiendo un libro con crónicas de sus viajes a territorios en conflicto y otros que no sufren tanto. Pasó por Haití, Cuba, Siria, Corea del Norte, Armenia. Y la lista completa se aprecia en el planisferio.

A Daniel le sorprende “la normalidad, el congelamiento de las noticias, el olvido cotidiano que hace que esa rutina sea posible”, ejemplificando con Siria. Su espíritu inquieto une definitivamente a Traveler y Oliveira, los de la Rayuela de Cortázar, compartiendo a la Maga sin límite alguno.

Se queda unos días en Beijing. Escribe o trabaja casi todo el tiempo. Una siesta miramos Gabo, el documental sobre García Márquez. Creo que lo inspira un poco. A mí me genera algo interesante, una adrenalina estática, de las que revuelven el espíritu y te dejan fuera de foco y enfocado. Luego de esa hora y media, él sigue tipiando en su mini portátil, apenas masticando unas almendras y tomando café.

Politólogo de la UBA, periodista de Le Monde, Revista Anfibia y Am 750. Y mucho más. Ese es Daniel, el mismo que narra, con misma facilidad, un sketch de Diego Capusotto y sus videos mientras toma una cerveza tibia o parafrasea a McLuhan descubriendo a través de la ventana.

Daniel continúa su viaje, siempre, eterno. El mundo queda invariablemente a la vuelta de su casa.

Copyright © Mauricio Percara 2015