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March 2016

Poemas para el Quijote: Entrevista con Juan José Morales, co-editor de Quixotica: Poems East of La Mancha

Para conmemorar el aniversario número 400 de la muerte del escritor español Miguel de Cervantes Saavedra se desarrollan diversidad de actividades a nivel mundial. Porque el español es una de las lenguas más habladas del mundo y por tratarse de una fecha que recuerda al más aclamado escritor que nuestra lengua ha concebido.
Por estos motivos, y con el apoyo del Consulado Español de Hong Kong y Macao, Chameleon Press va a publicar una nueva colección de poemas inspirados en el clásico de Cervantes, el Don Quijote de la Mancha, escritos por poetas contemporáneos. El título de la obra es Quixotica: Poems East of La Mancha.

Compartimos la entrevista telefónica con Juan Jose Morales, co-editor de la mencionada publicación, para Radio Internacional de China:

 

 

El Diario de los Pueblos (amplía página 40 de Historias errantes de almas perturbadas)

 

Hubo un tiempo en que los hombres utilizaban piedras para lanzárselas unos a otros como forma de comunicar el odio mutuo. En otro momento de la historia, el hombre prefirió las armas de destrucción masiva.

Pero primero fue la palabra y, por esa razón, el Diario de los Pueblos nace como una alternativa en el mundo de la expresión humana. El odio hacia la raza humana es un requerimiento para los periodistas que escriben en esta publicación y el hecho de pertenecer a esa raza los hace vivir en un estado de masoquismo ideológico continuo.

Nótese que los trabajadores de El Diario de los Pueblos consideran que existe solo una raza, la cual debe ser despreciada partiendo desde su existencia.

A al ladrón (desde la página 33 de Historias errantes de almas perturbadas)

Subía, rumbo a la cima, mientras me debilitaba cada vez más. Mis piernas flaquearon cuando el sol lanzó esa llamarada algo azulada, de un intenso brillo de piedra preciosa y con un dejo de nitidez propio de cosa sólida. Observé a través de mi mano alzada y divisé, como reflejada en el astro, la mirada del Maestro. No dudé en avanzar por ese sendero, en esa dirección y a ese ritmo. Una mosca comenzaba a molestarme, luego se sumaron otras diecisiete y les siguieron cinco más.

Acelero mi paso y a al galope avanzo entre matorrales y piedras gastadas. El sol se apaga y todos esos deseos sin concretar se aparecen en mi mente como fotografías de álbum familiar. Mi marcha no cesa ante sonrisas de doncellas y besos apagados. Diviso otra luz, más cercana. La busco.

Avanzo dando saltos, imitando a un canguro, pero no encuentro motivo alguno para este accionar que me hace menos que irracional. Entonces, a al cruzar la cuarta colina, veo una multitud de hombres canguro luchando entre sí. Sin otra posibilidad, me sumo a esa batalla con las energías que aún poseo.

Cada vez somos menos los que quedamos en pie y nuestros brincos se hacen más débiles con el paso de los días. Entonces aparece alguien más en escena, un hombre de ojos azules enormes y cabello ondulado en tono grisáceo.

—Cada canguro tiene una bolsa, las bolsas guardan objetos que generalmente tienen un valor importante y por esa razón están siendo resguardados en dicha bolsa, a al indicado se dirigen mis palabras— exclama suavemente el hombre.

Ahora apenas somos tres los hombres canguro aún brincando. Por primera vez, desde el comienzo de esta riña, descubro los morrales de mis contrincantes. Ya no peleo. Encuentro la manera de extraer cigarrillos de una de esos sacos y una botella de licor de menta de otro. Los hombres canguro desaparecen en un instante y el individuo de ojos sobredimensionados muestra su rostro auténtico.

Es un niño parado ante mí, de unos cinco o seis años. Sonríe y me estrecha la mano. Dulcemente me indica que estoy listo, preparado para explorar el mundo del robo. El sol comienza a brillar otra vez y me despido del Maestro.

En el camino de regreso me detengo a al pie de un árbol, uno de los pocos que encontré en todo el trayecto. Bebo un poco de licor, enciendo un cigarrillo y juego con el humo. El reloj pulsera que le robé a al Maestro me dice que son las seis de la tarde. A al ladrón se le enseña a robar como a al perro a ladrar. A al es nuestro código imperfecto que nos forja incorrectos.

Copyright © Mauricio Percara 2015